“La enfermedad es un estado,
la salud no es sino otro,
más desagraciado,
quiero decir más cobarde y más mezquino.
No hay enfermo que no se haya agigantado, no hay sano que un buen día
no haya caído en la traición, por no haber querido estar enfermo,
como algunos médicos que soporté…” (Artaud, 1947, Los Enfermos y los Médicos)
Hablar o escribir sobre Luis Alberto Spinetta siempre es un desafío. No solo porque es imposible abarcar la complejidad de su ser, su emocionalidad, su poética y su música, sino porque se ha escrito tanto de él, que pareciese no quedar información que escudriñar. Se vuelve aún más complejo si hablamos de cómo su pensamiento se materializa en el álbum Artaud (1973), tercero en la discografía de Pescado Rabioso. La dificultad radica en la relación misma con el nombre de dicho disco: Artaud.
¿Quién es o fue Artaud? ¿Qué hay de él en este álbum para que lleve su nombre?
Antonín Artaud fue un poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, director escénico y actor francés, que vivió entre finales del siglo XIX y principios del XX. Se dice que era todo esto, a pesar de que él mismo odiase los conceptos que enmarcaban estas prácticas.
Una vida de “salud mental” inestable, de intensos dolores de cabeza y de adicción a varias sustancias, fueron lo que configuraron la genialidad de su ser.
Nos podríamos sentar a discutir a profundidad su vida, la importancia del teatro de la crueldad y por qué Spinetta utilizó elementos propios de su pensamiento para enmarcar un álbum tan amorfo y perfecto como lo es Artaud, pero no es el objetivo de este artículo. Para ello, invitamos a leer los artículos Entre el arte y la locura, de Ricardo Marín y Luis Alberto Spinetta: poesía surrealista y conexiones con Antonín Artaud, de Juan Manuel Blaiotta.
Nos limitaremos a decir que, tal como Antonín, Spinetta planteaba en las canciones de este disco una revolución de la poesía, la utilización de elementos poéticos y pictóricos que esfumaban las reglas tradicionales de la creación. Esto, a tal punto de que la prensa y la opinión pública dijera que sus letras no se entendían, y que los mismos integrantes de la banda no decidieran seguirle en sus travesías creativas hacia el más allá. Sobre esto último, comentó Black Amaya, baterista de Pescado: “A lo último escribía un tema y yo no lo entendía; estaba leyendo mucho a Artaud.
“No estoy atado a ningún sueño ya / Las habladurías del mundo no pueden atraparnos / Veo, veo, las palabras nunca son lo mejor para estar desnudos”
El Flaco se quedó solo, se sintió abandonado porque todos los demás decidimos no seguir su plan. Pero cuando escuché el disco terminado, me quería matar”.
Tal y como ocurrió con Artaud, el Flaco fue catalogado como un loco, como un exponente de los delirios artísticos. El álbum, que también tenía una estructura física distinta a la de los discos de la época, una estructura que pretendía “no ser encontrada en los estantes”, se convirtió en una muestra clara de esa “locura”. Canciones como Por, cuya letra dice no más que ciertas palabras al azar, como “ Extremidad, insolación, parecer, clavo, coito / Dios, temor, mujer, por”, lo llevaron al terreno de lo amorfo y del sinsentido. El juego de palabras como incluir “dale el Aurea misma de tu sexo” en Todas las hojas son del viento y no colocar Aura -como se esperaría- lo ubicaron en el lugar de la afrenta contra el lenguaje. Y los quejidos y sollozos de una mujer escuchados durante 15 segundos -una eternidad en la música de estos días- de A Stratosta, el idiota, lo encaminaron por lo que no es musicalmente atractivo, lo raro.
Así, se configuró su “locura” en cada canción del disco. Sin embargo, en A Stratosta, el idiota, bastante semejante a Poeta Negro de Artaud, pareciera que Spinetta por fin se da cuenta de esto, de que está loco y de que “nada puede hacer por él”, pero esto no es así. En su siguiente tema: Las Habladurías del mundo, deja claro que ello no le importa, que no importa que no lo comprendan, que no importan sus críticos, las convenciones sociales, las reglas de la música, de la poesía y realmente nada de lo que digan sobre sus canciones.
(De fondo Cantata de Puentes Amarillos,
Pescado Rabioso)
En días en que las enfermedades mentales, los psiquiátricos, los antidepresivos, ansiolíticos, antipsicóticos, los -pam, los -pram y los -ina, son casi una norma social del día a día, el tema de la locura cobra relevancia. Artaud (1973) no es importante por su poesía surrealista, ni por la utilización de cadáveres exquisitos como herramienta lingüística de creación, ni por manejar los temas de la libertad, la muerte y la vida de manera tan prolija, tampoco por ser revolucionario poética y musicalmente. Es importante porque recuerda que todo proceso de creación es anormal, y que siempre habrá voces que señalen aquel extravagancia como un delirio.
Artaud fue un poeta delirante, el álbum Artaud es un álbum delirante. Cada uno, desde sus momentos históricos fueron catalogados como cosas locas. Por eso merecen un homenaje, un homenaje que no se limite a hablar de sus elementos importantes, como hicimos hasta ahora, sino un homenaje a su estilo, un estilo creador y no muy “normal” en un artículo de opinión. A continuación, mi homenaje a este disco, a Spinetta y Artaud, un homenaje que surge de mi sentir sobre la locura.
Callestultas
¡Me están persiguiendo! ¡Me están persiguiendo esos hijueputas! ¡No estoy loco! ¡Los locos claramente son ustedes!
Uno, dos, tres… pierdo la cuenta. Camino. Muevo mis pies incansablemente para huir de los que vienen tras de mí. Paro, grito: ¡me están persiguiendo y no estoy loco! El resto de las personas que habitan esta calle, desde su total ignorancia de mi ser, prefieren balbucear algo sobre un hombre imaginario que me vendió la droga y -según ellos- me hace alucinar. Es medio día. Tal vez lo que les escandaliza tanto es que un hombre vestido como ellos, joven y naturalmente apuesto, esté gritándole a sus persecutores, rogándoles por un instante de paz.
Lo segundo que me preocupa es que esa locura con la que me catalogan se asocie dogmáticamente a la enfermedad. No una enfermedad liberadora de la agotadora existencia, tampoco una en que se nos acomode en una silla de madera contra nuestra voluntad y se nos diga que para lograr el anhelado equilibrio debemos morir, sino una enfermedad que carga con el peso de la culpa; una culpa que no tiene otra razón de ser que el mismísimo “estoy enfermo”. Pretenden que me culpe a mí mismo por estarlo, pretenden que me dé latigazos con la fusta cada vez que sienta que merezco -por designio divino- este mal llamado padecimiento. ¿Ustedes en serio creen que yo me voy a sentir culpable por estar loco? ¿Ustedes creen que debo arrodillarme frente a Dios y suplicarle que no me castigue más? ¿Acaso están locos? Si, según Antonín, la enfermedad es un estado y la salud no es sino otro más cobarde y más mezquino.
En el trayecto desde la librería Merlín hasta la séptima con veintinada logran preocuparme dos cosas menos importantes que esos malditos que vienen tras de mí: la primera, que tanta gente ose llamarme loco. La estulticia, en el elogio transcrito por Rotterdam, llamó ingratos a todos esos que, perteneciendo en cuerpo y alma a su tropa, se avergonzaron tanto de ella que la lanzaron a otros como grave oprobio. Esto es lo que están haciendo esos locos. ¡Los locos son ustedes! ¿Creen que llamándome loco y lanzándome sus dardos imaginarios de envidia parecen más cuerdos que yo? ¿Acaso creen que el actuar como dóciles máquinas diariamente, caminando, comiendo y trabajando, los hace menos cercanos a lo estulto que yo? Imbéciles. Si tan sólo prestaran más atención a su alrededor se darían cuenta que, entre esquina y esquina de esta calle, quien habita es la coqueta y danzante locura.
¡Me están persiguiendo! Las calles se hacen más largas, pero más concurridas. Mis pasos cada vez son más iracundos, creo que me persigue la calle. Me frenan los miles de estultos ambulantes que se apostan a lado y lado de mi camino… ¡no puedo caminar entre tanto loco!
