Quiero escribir, pero no puedo. La existencia me duele en todas partes mientras la redacción inteligente de Google me hace sugerencias de escritura para redactar más rápido. Hace dos meses empezó la cuarentena en Colombia y desde hace dos meses no me alcanza el tiempo para nada. Estoy cansada. Estoy cansada, aunque no hago nada; aunque no me muevo; aunque no limpio la casa ni cuido el jardín; aunque no peino las gatas ni lavo la loza. Estoy cansada y no puedo pensar en nada más que no sea la pandemia. Ninguna solución en esta situación me deja tranquila y ninguna respuesta me parece merecedora de atención. Basta con los titulares.
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Recuerdo la resignación de unos personajes que fueron construidos socialmente para tolerar un nivel de vulnerabilidad que podría llegar hasta la misma supresión de la propia identidad; recuerdo que en el 2010 fue publicada su versión cinematográfica; recuerdo la impotencia del personaje de Kathy, interpretado por Carey Mulligan, que se desarrolla durante toda la película mientras observa cómo sus compañeras utilizan las ganas de amar como último recurso para sobrevivir; fundamental de la película…
Siento que me van a despedir del trabajo en cualquier momento, pero tampoco quiero hacer nada para que eso cambie. El cansancio que tengo me atraviesa por todas partes: me atraviesa por los ojos cuando veo el noticiero, me atraviesa por las manos cuando escribo en el teclado, y me atraviesa por el pecho cuando siento las punzadas.
Recuerdo que Kazuo Ishiguro fue Galardonado como Nobel de Literatura en 2017; recuerdo cómo reconoce Kathy que el amor no puede estar sujeto de ninguna manera a la salvación; recuerdo la expectativa de una rebelión durante toda la historia; recuerdo la voz de Judy Bridgewater de fondo como un aspecto musical
Tengo 141 mensajes acumulados en el correo empresarial. No quiero leerlos, no quiero trabajar y no me interesa. No me interesa, aunque sé que el desempleo se ha disparado a nivel nacional; no me interesa, aunque sé que las empresas están despidiendo empleados y reduciendo salarios masivamente; no me interesa, aunque mi mejor opción para mantenerme a salvo sea conservar el trabajo al que tanto quiero renunciar. Estoy inmóvil, paralizada, mientras afuera el mundo se desmorona por un leviatán sanitario.
Precisamente, cuando todo se me asocia más al miedo que a la solidaridad, el papel de los artistas es fundamental
Pero no recuerdo en ningún momento haber soñado con otras mil vidas mientras desinfectaba la cocina.
No sé qué tipo de cansancio estoy afrontando. No sé qué tipo de soluciones imaginamos como colectivo. No puedo pensar en eso mientras en la televisión pasan imágenes de fosas comunes en Brasil y en Estados Unidos. No puedo pensar en eso mientras puedo sentir cómo los cuerpos se acomodan en unos ataúdes descoloridos e improvisados. Las que hijas lloran a los padres que no pudieron ir a cuidar al hospital.
Nunca sé qué decir, porque siento que mis interpretaciones de la realidad no serán válidas, sobre todo en las miles de ocasiones en las que siento que no soy capaz de ver más allá de mi nariz. ¿Contraeré el virus mientras voy por provisiones al único almacén que ha mantenido los precios justos?, ¿podré moverme mañana?, ¿sentiré cansancio todo el fin de semana?, ¿qué podré hacer si mis sobrinas contraen la enfermedad mientras están atrapadas al otro lado del mundo?, ¿me volveré a quedar sin internet y no podré trabajar en toda la tarde? Nada es seguro en el país de papel.
Kim, there’s people that are dying.
Ayer, René Pérez Joglar, cantante y compositor puertorriqueño, publicó su nuevo vídeo sobre el amor en cuarentena. En él aparecen diferentes parejas del mundo que se besan apasionadamente desde sus casas. En una de las estrofas de su canción, René dice:
“Yo sé que el futuro es incierto, pero, aunque cierren fronteras, no podrán cerrar el mar abierto. Pronto saldremos, a dejar nuestras huellas en el suelo, sobre las nubes de nieve, bajo los lagos de cielo”.
Precisamente, cuando todo se me asocia más al miedo que a la solidaridad, el papel de los artistas es fundamental en los tiempos declarados por Charlie Brooker como un episodio de Black Mirror. La pandemia me pone de manifiesto la esencialidad del trabajo artístico en el marco de las reparaciones sociales. Por un momento se me viene a la mente la imagen de las mujeres de Ingoma Nshya tocando tambores después de que el genocidio de 1994 acabara con la mayoría de la población masculina en Ruanda, y terminaran siendo las mujeres el 74% de la población.
Busco ejemplos cinematográficos o literarios de crisis parecidas, de historias llenas de desazón. Solo recuerdo que en el 2012 leí la novela Never let me go, de Kazuo Ishiguro, publicada en el 2005.
Las camas de cartón que se convierten en ataúdes. El aislamiento de una anciana que vive del diario en la ciudad de la eterna primavera. Trapos rojos en todas partes que demuestran la miseria extendida por toda la ciudad. La renuncia masiva de médicos en el hospital de Leticia. Una fotógrafa colombiana explicándole a la BBC que el área de COVID-19, en el hospital San Rafael, tiene una pared de lona. La ciudad que me vio nacer sin una cama de UCI para adultos hasta hace un par de meses. La fotografía publicada en un tweet de Cristina sobre una mujer con tres niños en Ciudad Bolívar que fueron desalojados de sus casas en medio de la pandemia.
Años atrás, en una conferencia TED, la actriz mexicana Karla Souza hablaba de cuando perdió el habla durante tres meses en medio de su carrera de actuación. Karla asegura que el infierno en el que se encuentra se empieza a ver reflejado en las obras de arte de otras personas. El mismo sufrimiento que la llevó a enamorarse del arte y a defender su financiación.
El 18 de abril de 2020, en medio del confinamiento, tuve una pequeña dicha. Vi a Taylor Swift hacer parte de un concierto virtual organizado por “Global Citizen” y Lady Gaga el cual recaudó millones de dólares como respuesta al coronavirus. Taylor hizo una presentación pública por primera vez de su canción “Soon you’ll get better”, la cual escribió para su madre con cáncer, donde se repite a sí misma y le repite a su madre que pronto se pondrá mejor. En definitiva, es una canción que se adecúa perfectamente al momento que estamos atravesando, no s solo como individuos, sino también como una sociedad en medio del capitalismo del caos.
Hace poco leí el blog de Camila Taborda, periodista de El Espectador. Ella escribe sobre su madre y sobre la muerte de su madre. Una frase me llamó la atención: “La vida es ese incidente en el que mi mamá no está”. Ahora me la repito a mí misma, como un mantra, cada día de la cuarentena, de la misma manera en que Taylor Swift le repite el coro de su canción a su madre.
Mientras afuera, una pandemia.
